El otro día tropecé por casualidad con uno de esos lugares que suelen etiquetarse "con encanto". Una pequeña tienda en el centro de Santa Cruz. Un escaparate minúsculo repleto de alegrías para los sentidos. ¿A quién no le gusta el chocolate? Blanco, negro, afrutado, aromatizado con flores... Y otra pregunta, ¿quién no lo ha necesitado en algún momento? Complicado resistirse.
Mis pupilas se dilataron, el estómago dio un brinco y mi mano empujó la puerta de aquel sitio. Cuando miré hacia el suelo mis pies ya estaban dentro. A veces el cuerpo nos lleva hacia donde no debemos ¿o sí? Tampoco opuse demasiada resistencia... Y me alegré. El libre albedrío funcionó. Es curioso, no es tan difícil sorprenderse a uno mismo y deberíamos hacerlo más a menudo.
No hay persona que nos conozca como nosotros mismos. Lo que nos gusta, hasta dónde somos capaces de llegar. ¿Por qué entonces esperar a que alguien nos invite a disfrutar de un buen momento? Los caprichos están al alcance de la mano, el reto es poder llenar los cinco sentidos de una forma tan plena.
Vista: Lazos, envoltorios, formas caprichosas y diseños imposibles. ¿Realmente se puede conseguir todo eso con el simple cacao?
Oído: El crujir de una buena tableta de chocolate negro al aroma de lavanda. Una experiencia única.
Olfato: Velas, inciensos...
Gusto: ¿Qué contar? Picante, dulce, afrutado, intenso. Un paseo para el paladar.
Tacto: ¿Tacto? Pues sí. Mieles corporales, aceites al cacao y mascarillas faciales.
Si necesita otro empujoncito, un estudio de Mind Lab determinó que el efecto en las palpitaciones y la estimulación cerebral era hasta 4 veces mayor al consumir una barra de chocolate, contraponiéndolo con un beso.
Si tiene amigos solteros es un gran regalo, sin duda. ¿Quién no ha tenido alguna vez la tentación de hacer esto?










